domingo, marzo 11, 2007




**8 de marzo**
En la lucha por derechos, visibilidad, genealogía y sostén femeninos.




RAQUEL FORNER
MUJER PINTORA DE MUJERES
Por Pupita La Mocuda




Ciudad de París. Año 1929. Raquel Forner posa durante un homenaje a Paul Cézanne en la que, única mujer del grupo, se la ve acompañada por Alfredo Bigatti, Juan del Prete, Alberto Morera, Athanase Apartise, Horacio Butler y José Massó. [1] En esta prodigiosa condensación fotográfica quedan a la vista las coordenadas de toda una época, de un rico y singular momento de la historia social y artística de la relación entre metrópolis centrales y periféricas. Unos pocos años más tarde Raquel Forner pinta “Interludio”.

Suele sostenerse desde las ciencias sociales que la sociedad humana se ha constituido sobre la base del intercambio de signos, mercancías y mujeres. Esta es una de las maneras de referirse a la destrucción de las relaciones entre estas últimas y que muy a menudo va acompañada de su imposibilidad de ser dueñas de sus propias producciones y de la dificultad para producir signos originales. Uno de los modos posibles de indagar en las relaciones personas del género femenino se articula en torno a la idea de crecimiento conjunto y la necesidad de construcción de una genealogía de mujeres en tanto legitimación por su referencia a su origen femenino de acuerdo a la necesidad de sobreponerse a su ser en el mundo sin adscripción simbólica. La búsqueda de referencias simbólicas ofrecidas por otras mujeres es muy antigua y está relacionada con la búsqueda de un lugar – tiempo donde situarse y con el intento de procurarse un cuerpo racional, una topología donde orientarse mentalmente.

“Interludio” pintada en 1934 puede agruparse con otras obras de Forner tales como “Juventud”, “Mujer de Lot” o “Redes” en derredor de la idea de alegoría. En esta obra, signada por la impronta del monumentalismo picassiano tres mujeres de figura sólida y maciza aparecen agrupadas en primer plano en una actitud de sereno y agradable coloquio. Los colores que Forner elige para pintar estas tres mujeres que a plena luz del día y vestidas solamente con ligeras túnicas que dejan ver sus brazos, senos y piernas cantan al son de un pequeño instrumento musical, una mandolina tocada por una de ellas son cálidos y alegres: naranjas, amarillos, verdes, enmarcados por el azul del mar en el horizonte, estatuas y algunas construcciones con columnas, pórticos y galerías de estilo griego. Es sólo más adelante que Forner recurrirá al otro extremo de su paleta para componer obras desde una gama de colores más bajos y menos vibrantes para atravesar la miseria humana y el conflicto de la guerra. Unícamente recuperará esta gama plena de vida cuando tanto ella como el planeta que retrata con tanta sintonía terminen de atravesarlos.

El mundo de “Interludio” es un lugar tibio, benigno, donde encontrar la abundancia y la paz: Hay frutos, plantas, espigas, pescado. En este lugar de remanso pueden florecer las artes: la música, la arquitectura. Pero, sobre todo, es un lugar de mujeres; un lugar de affidamento y confianza femeninos: Una de las figuras está sentada, apoyada en una pequeña columna la segunda, la tercera reclinada en el suelo. Un lugar donde es posible el desarrollo de un pensamiento propio a la manera woolfiana, una representación simbólica de la realidad que responda al modo de ser, de pensar y de sentir las mujeres y donde se escuche y se aprecie su voz, sus deseos y sus anhelos, expresados desde su propio lenguaje. Desde esta concepción, la interlocución entre mujeres es necesaria si quiere articularse la vida propia en un proyecto de libertad y darse con ello razón del propio ser mujer dado que una mujer sólo puede adquirir la inviolabilidad con una existencia proyectada a partir de sí misma y garantizada por una sociedad femenina.

Raquel Forner abreva en lo onírico, lo mítico – metafísico ya fundiéndolo ya alternándolo con lo fantástico y lo fantasmagórico fusionados con la búsqueda de lo invariante y trascendente en lo humano. Como dice Aldo Pellegrini: “Quiso hablar de la humanidad recuperada” y fue portadora de “un neohumanismo de fuerte acento literario”.

[1] Una ampliación de esta fotografía se conserva en el atelier de Alfredo Bigatti en la pequeña pero luminosa casa de estilo racionalista del barrio porteño de San Telmo que él y Raquel Forner, ya casados, mandaron construir con el dinero de distintos premios y que compartieron hasta la muerte del escultor en 1964. Cada rincón de la vivienda fue pensado para ser utilizado destacándose los grandes ventanales, la terraza sembrada de pasto y los amplios talleres individuales de cada uno de los esposos intercomunicados por un balcón interno.

Biografía de Raquel Forner:
http://www.epdlp.com/pintor.php?id=2846

martes, febrero 27, 2007



La estatura de la amistad. Acerca de las memorias de Bioy sobre Borges.



Durante 40 años, Bioy Casares registró minuciosamente su relación con Borges. Los diarios de Bioy sobre Borges fueron editados por su albacea literario, Daniel Martino, y reflejan una amistad a tiempo completo, con una frecuentación que solo se interrumpía en los viajes, y que conocía los más diversos ámbitos ya que cenaban juntos, escribían y trabajaban juntos en la editorial Emecé y la revista Sur.Los textos revelan lo que acaso fue la amistad vital y creativa más productiva de la literatura universal. También los muestra a ambos con una complicidad que tiene visos de estudiantina aún en la vejez de ambos: esos dos muchachos se divertían cayendo en picada sobre sus afectos más cercanos, desollando a los escritores que los rodeaban, cultivando el arte de la injuria en clave de insulto encubierto o de comicidad.La minuciosidad de Bioy para registrar los días de su amigo parece hablar, por momentos de una vida vicaria. Llama la atención, incluso, la indiscreción de Bioy para volcar al papel actos y opiniones de Borges a sabiendas de que ese trabajo sería publicado. Originalísimo como objeto cultural el Borges de Bioy se planta como una poderosa novela cultural que atraviesa cuatro tensas décadas argentinas. Mientras transcurren las charlas entre ambos sobre filosofía, en tanto disecan un poema con precisión, comentan la vida política apostillan sobre sus conocidos trajinan personajes como las hermanas Victoria y Silvina Ocampo, José Bianco, Estela Canto, Oliverio Girondo, Witold Gombrowicz, Rabindranath Tagore. Como si estuvieran flotando diariamente entre ellos, también pasan Miguel de Cervantes, William Shakespeare, Dante, William Faulkner o Samuel Beckett.Con la escritura concisa y fragmentaria de los diarios, con opiniones y actitudes que generarán polémica, atravesado por el humor y aún la procacidad, con registros de lenguaje que se detienen en diversos niveles de la cultura argentina, Borges de Bioy Casares aparece como una portentosa infidencia.

1950 Miércoles, 28 de junio.

Borges llegó ayer de Tucumán. Contó que, recorriendo la ciudad con unos profesores, llegaron a un triste barrio de ranchos de paja (…). Uno de los profesores dijo: "Este barrio es muy peligroso. Hay muchos malevos", y aclaró que no había verdadero peligro de ser atacado por ladrones o asesinos, sino por homosexuales. "Todos los malevos son homosexuales". Ante la sorpresa de Borges, el doctor explicó: "La bicicleta excita al malevo. El movimiento, usted comprende. Además, el malevaje es muy inclinado al ciclismo. Si uno va en bicicleta y ve a otro de a pie, se ofrece a llevarlo. Los dos se excitan, dejan la bicicleta… Una vez, con el doctor X, vimos a dos malevos en una acequia. El doctor dijo: 'No hay por qué escandalizarse. Total a todos nos gusta'".

1954 Domingo, 20 de junio.

Borges me habla de un malevo Ibarra, a quien le gustaba disfrazarse: "¿Cómo no les va a gustar el carnaval? La idea que tendrán del cielo será el corso de Lomas". Yo había oído Ibarra y creía que a Néstor le gustaba disfrazarse. Borges: "Seguramente. Se ha de pasar todo el año esperando el carnaval". Martes, 7 de diciembre. Me cuenta la lectura de Manucho de unos apuntes para una novela en preparación: "No parte de una situación o de unos personajes. Parte de una situación que no es nada. Por ejemplo, una vieja que vive sola en una quinta. Después agrega episodios que le divierten, homosexualidad, porque es moderna (?), algunos muchachos que él conoce, la historia de ese príncipe portugués que fue al baile y que nadie se le acercaba porque no sabían cómo tratarlo, si de 'alteza', 'monseñor' o 'señor' y que al final se quebró ese hielo y conoció le tout Buenos Aires. Yo creo que escribe novelas porque es chismoso. Después el lector se pregunta lo que quiso decir el autor, y es precisamente lo que el autor nunca supo". Comenta también: "La gente dice que la Historia de la filosofía (o el Diccionario) de Ferrater Mora es bueno porque figuran en él las filosofías de España y de la América Latina. Es una idea muy casera. Buscan a Francisco Romero y lo encuentran. Es como si se alegraran de encontrar en una enciclopedia de medicina a la Madre María… La gente que elogia ciertas historias de la literatura en diez Es como una fotografía a la que le pegaran un pedazo para añadir personas que no salieron, o un cuadro alegórico al que se le agregara, para exponerlo en Buenos Aires, las figuras de San Martín y de Belgrano. Ha de haber una edición bantú, con un tomo sobre la literatura bantú, firmado por una autoridad caníbal, desnuda y retinta".

1956. Lunes, 8 de octubre.

Borges: "Estuve pensando que tal vez haya una ventaja en esto de Frondizi, y de Barletta y Martínez Estrada. Si fuera por nosotros, sólo se seguiría hablando de los robos del peronismo. Estos traen nuevas cosas y es como si la vida siguiera, como si ocurrieran nuevos episodios en la realidad, que dejan más lejos en el pasado a la época del peronismo. Además, hay que ver cuántas cosas pasaban entonces: muerte de Evita, incendio del Jockey Club y de los Comités, incendios de las iglesias. Ahora tiene que seguir pasando algo, para que no parezca que la vida se ha detenido". Hablamos de la Semana de la calle Callao, que ahora se cumple. Borges: "Qué idiotez esto de la Semana de la calle Callao. Qué difícil entusiasmarse. Todo empezó con los Amigos de la calle Florida. ¿Cómo no se dieron cuenta de que después iba a haber amigos de todas las calles?".

1957 Viernes, 14 de junio.

Borges me refiere: "Durante la comida, continuamente Manuel Mujica Láinez venía de su asiento a nuestra parte de la mesa. El propósito de estos viajes, que Mujica no ocultó, era tocar la nuca de un muchacho que lo emocionaba. 'Se parece a Belgrano', exclamó Mujica Láinez. '¿Usted, Manucho, admira a Belgrano?', preguntó Wally Zenner. '¿Cómo no voy a admirarlo? -replicó-: con esos muslos y con esas caderas'". Borges comentó: "Va Manucho al Museo de Luján y todas las antiguallas reviven. Manucho no mira los cuadros fríamente; es un contemporáneo de lo que está mirando".

Lunes, 2 de septiembre.

Me refiere que Miguel, su sobrino, compró en estos días una biografía de Gardel, de quien es muy devoto. "Ay -exclamó Miguel-, qué golpe. Se llamaba Gardez y había nacido en Provenza". Borges: "Le contesté que hubiera sido peor que fuera bávaro, o belga, o suizo; que uno pudiera preguntarle: ¿De qué cantón es usted?". Bioy: "Sin duda il roulait les erres (en alusión a cómo pronuncian la erre en el sur de Francia)". Borges: "Nunca lo vi. Una vez fui con Mastronardi a un cinematógrafo, a ver La batida, con George Bancroft; anunciaron que Gardel iba a cantar al final: nos fuimos sin oírlo, porque no queríamos que el efecto del film se nos arruinara". Yo dije, y mi padre confirmó, que durante mucho tiempo Gardel cantó vestido de gaucho. Era la época de Gardel-Razzano. Mi padre: "De aspecto, Razzano, a pesar de las dos zetas, era un poco mejor". Borges: "La cara de Gardel era la típica cara del otario. Malevo, sí, pero malevo soso. Quien tenía ese mismo tipo de cara, estúpida y abundante era Florencio Sánchez. Una vez, por cuestiones políticas, detuvieron a un grupo de personas, entre las que estaba Florencio Sánchez. El vigilante lo miró y le dijo: 'Vos no. Tenés demasiada cara de otario'". Bioy: "A mí, Gardel nunca me gustó mucho como cantor de tangos. Lo vi y no me dejó ningún buen recuerdo; más me gustaron Azucena Maizani, Sofía Bozán, Rosita Quiroga. De los cantores de antes me gustaba Alberto Vila: cantaba admirablemente Agua florida. Hablamos de la posibilidad de hacer una biografía de Gardel, en la que se dijeran cosas inconvenientes, como sin darse cuenta (que era provenzal, un troubadour, que se llamaba Gardez, que era el zorzal francouruguayo, etcétera)". (…)Sábado, 21 de septiembre. Sobre la conferencia que Jaime Dávalos dio hoy en la Biblioteca: "Usa con absoluta naturalidad expresiones como zamba adentro, tal como nosotros decimos tierra o mar adentro. La palabra baba le gusta mucho. Al final debí ofrecerle un babá con ron, hablarle de Alí Babá. (...) Por razones obvias, habló mucho del animal poeta. Dijo, sin la menor intención satírica, que el poeta hace pública su vida privada. Enseguida se refirió al gran poeta de nuestros ríos. Yo pensé: ¿Quién será? ¿Será Barbieri? No: era el sapo no sé cuántos (por 'El sapo cancionero'). Dávalos imitó el canto del sapo y después recitó un poema disparatado que le había dedicado. Contó anécdotas. Parece que tenía una estancia y que salía a trabajar al bosque, con los hacheros. (…) Todo eso estaba bien. Lástima que además recitara sus poemas". Dijo Borges que los poemas de Dávalos quieren ser musas de su tierra y que de pronto, como los de tantos otros, toman un tono lorquiano y español. Borges: "No ha de tener ninguna sensibilidad para las palabras". Bioy: "Y muy pocas lecturas. Leyó a Lorca y nada más. De inmediato agarró para ese lado. No puede prescindir de Lorca". Borges: "A Silva Valdés le pasa lo mismo. Qué raro, esa gente que para cantar a su provincia redacta un catálogo de animales y de plantas. En Zorrilla, como el verso fluye, esa terminología no es tan gravosa. En estos poemas en verso libre el mazacote se advierte". Bioy: "Quizá sea la versificación, en Zorrilla, lo que hace fluir todo ese material: en el verso libre, en cambio, no fluye; esos árboles, esos yuyos y esos animales en la realidad están más desparramados que en la página escrita. Dijo que el folklore es mucho más consciente de sí mismo que antes". Borges: "Se educan por la radio". Bioy: "Y el folklore de cada lugar ha de enriquecerse con el de otros lugares".

Miércoles, 25 de septiembre.

Borges me dice que el actor [Francisco] Petrone le ha propuesto que hagamos un libreto para filmar el Martín Fierro. Borges: "Tenemos que escribir hacia el tema, no desde. Hay que empezar con algo que muestre que no seguimos el libro, para que el espectador no haga comparaciones. No podemos mantener los versos, porque si no el film parecerá una ópera. Tal vez al final pueden ponerse algunos versos". Bioy: "Casi fuera del film. Casi a Hernández, en su hotel. Que el film se acepte como la vida de Martín Fierro, que luego versificó Hernández. Nadie cree que esa vida, de ser real, pudo transcurrir en verso". Borges: "Es mejor esto que si nos proponen Don Segundo. En Don Segundo todo se reduce a movimientos de hacienda, de acá para allá. Y después está esa relación desagradable entre don Segundo y el relator… Si aceptamos la proposición vamos a tener que trabajar en serio". Bioy: "Desde luego. No como para los cuentos de Bustos Domecq, últimamente, que trabajábamos muertos de sueño, una noche por mes". Borges: "Podríamos ir a tu estancia. Podrían tal vez filmarse allá algunas tomas. Es mejor describir el campo por fotografías que por frases. Se muestra un ombú y no debe uno escribir la palabra". Bioy: "No debemos parecernos a Jaime Dávalos".

Jueves, 26 de septiembre.

Hablamos del film sobre Martín Fierro. Borges: "Podríamos empezar un poco antes que el poema". Bioy: "Las escenas de felicidad, con la china, y cada cual levantándose de mañana a buscar su caballo, en un film nacional, pueden ser muy tontas". Borges: "Los versos son lindos, pero la escena… es casi la granja modelo. Una solución, serían los dibujos animados". Mi padre: "Es claro: 'Venía la carne con cuero, / la sabrosa carbonada y se la ve avanzar por sus propios medios'". Borges: "Se ve a Fierro como un gallo montado en un chancho. Otro problema son los indios". Bioy: "Aunque el país está lleno de gente aindiada, en nuestro film se les verá el tizne". Borges: "Petrone dijo: 'Hay que mostrarlos como sombras'". Bioy: "La vida en la frontera, será, entonces, una vida ociosa". Borges: "O si no podemos sugerir que todo lo importante ocurre en los márgenes de la pantalla. 'Voy a pelear con los indios'. 'Vengo de pelear con los indios'". Silvina: "Para indio tienen a Susana Bombal. Martínez Estrada sirve para Martín Fierro". Borges: "Para Cruz no sabríamos por quién decidirnos. ¿[Los editores Gonzalo] Losada o [de Sudamericana, Antoni] López Llausás?". Bioy: "Podrían aprovecharse los pieles rojas de una película norteamericana". Borges: "Es claro. Hacer una suerte de centón. Tal vez convendrían más los esquimales, porque la gente no los reconocería como pieles rojas. Para el Viejo Vizcacha -el personaje filosófico que interesa a Petrone, ¡qué idea de la filosofía!- habrá algún putito de la Sade. Y con Sábato, ¿qué hacemos? Me han dicho que está pobrísimo. Traté de compadecerlo pero no puedo: es difícil compadecerse de Sábato". Silvina: "¿Y qué tal es, como persona, Petrone? ¿Es antipático?". Borges: "Antipático, no, pero la conversación con él está llena de desencuentros. En realidad, va a ser muy difícil de hacer el film. Pensá: cuando se vea el ejército, la bandera argentina, y la gente tratando de huir para que no la enganchen. Va a parecer un ataque contra el ejército, en favor del Descamisado…".Bioy: "La posibilidad está en el libro". Borges: "Habría que mostrarlo a Fierro como a un hombre a quien el azar de las circunstancias va convirtiendo en criminal y después se le descorre el velo, comprende lo atroz de su destino y habla. Un personaje de Bernard Shaw es nuestra única posibilidad. Los consejos que da, entonces, deben ser verdaderos, no como los que da el libro, tan de ocasión. De todos modos, no veo cómo vamos a evitar que se vea ese destino como el de un peronista perseguido por la sociedad y el ejército: se verá al ejército en un mal papel y se pensará que es un ataque al ejército de hoy". Bioy: "Habría que mostrarlo en un mundo tan duro que no se tome como metáfora de otro". Borges: "Sería un mundo muy duro". Bioy: "Mostrar un destino individual. Como en las novelas de Faulkner". Borges: "Sí, hechos que ocurrieron una sola vez; esa sola vez".

Fuente: http://sololiteratura.com/arlt/arlteldiario.htm



Borges y Bioy: recuerdo de un aprendizaje
Por Antonio Muñoz Molina
Para LA NACION-Nueva York, 2007

Las novelas celebradas en la cultura de la resistencia, influidas por las teorías francesas, eran ilegibles, hasta que el boom latinoamericano lo sacudió todo y, más tarde, a pesar de las diferencias ideológicas, el tono de Borges cautivó a una generación de intelectuales

En la mañana invernal de Madrid salgo feliz de una librería llevando bajo el brazo el volumen recién aparecido en España de los diarios de Bioy Casares sobre Borges. Salgo con impaciencia, con gula lectora, y de camino hacia casa ya empiezo a leer este libro ingente que parece un libro de arena, la novela río de una amistad de más de medio siglo, de una conversación tan larga que atraviesa las vidas enteras de quienes la mantuvieron. La impaciencia, la felicidad, son idénticas a las que recuerdo de hace treinta años, cuando en otra ciudad y casi en otra existencia -en Granada, siendo un estudiante distraído y un aficionado pasional a la literatura- iba por la calle con mis libros recién adquiridos de Bioy o de Borges, los delgados tomos de Alianza en los que fui descubriendo sucesivamente El Aleph, Ficciones, El sueño de los héroes, La invención de Morel, los cuentos amorosos del uno y los poemas del otro, los ensayos y las antologías que eran puertas de acceso hacia otros escritores y otros libros: Chesterton, Kipling, Gibbon, Stevenson, los novelistas policiales del Séptimo Círculo, los narradores más o menos apócrifos de la Antología de la literatura fantástica.


Uno no sólo leía aquellos libros: vivía dentro de ellos, los llevaba consigo como tesoros inaplazables, deslizándolos al salir de casa en el bolsillo del abrigo, para regresar a su lectura en la primera ocasión, en el asiento de un autobús o en una banca de la Facultad. Las influencias literarias se transmiten por caminos sinuosos: leyendo ahora las conversaciones entre esos dos amigos -cada noche, o casi, a la hora de la cena, en un apartamento de Buenos Aires- yo me doy cuenta de que sus dos voces se prolongaban, a través de la lejanía inmensa del espacio y del tiempo, hasta mi capital de provincia española para envolverme en sus redes de erudición, de ironía y de chisme, pues los libros que a mí tanto empezaron a importarme entonces habían nacido en gran medida de ellas.


Casi todo lo valioso en la vida es consecuencia de un azar improbable. Ni Borges ni Bioy eran los autores que más fácilmente podían atraer a un joven aprendiz de escritor en la España de entonces, la de las vísperas sombrías de la muerte de Franco y los tiempos ilusionados y convulsos que vinieron tras ella, cuando la libertad parecía unas veces al alcance de la mano y otras imposible, cuando en el curso de una sola semana podíamos pasar del entusiamo al abatimiento, del vértigo de no vivir ya bajo la sombra de un tirano moribundo al miedo que nos provocaban los uniformes intactos y los ceños de amenaza de sus herederos. La losa del pasado gravitaba sobre el presente como la gran lápida de granito que había cubierto el sarcófago del dictador en su necrópolis horrenda del Valle de los Caídos: sobre el porvenir del día siguiente nadie sabía nada. En la Universidad, en los meses que siguieron a la muerte de Franco, estalló una especie de retardado Mayo del 68, y entre nubes de humo de tabaco negro y de oratoria marxista los estudiantes en huelga discutíamos con encono sectario las ventajas comparativas del comunismo soviético o de la revolución cultural china, sin más disidencia que la de algunos libertarios empeñados en maldecir el autoritarismo de los comunistas y en revivir las glorias extintas del anarquismo español. Furgonetas de la policía rodeaban los edificios universitarios y cada mañana aparecían letreros pintados con spray en las fachadas de la ciudad, consignas de sublevación y siglas de organizaciones políticas que volvían a hacerse visibles tras casi cuarenta años de clandestinidad. A uno podían llamarlo revisionista si lo sorprendían leyendo a Proust: de Bioy casi nadie sabía nada, pero en ciertos ambientes leer a Borges casi equivalía a declararse confidente de la policía secreta, o partidario de las dictaduras militares que en aquellos años iban sometiendo uno por uno a tantos países de Latinoamérica.


Pero no sólo eran políticas las razones que lo podían alejar a uno del magisterio de Borges. El experimentalismo palabrero de escuela francesa o un realismo social ranciamente autóctono eran los dos modelos estéticos más comunes con los que se encontraba a mediados de los años setenta el joven aprendiz con vocación de rebeldía. Ambas opciones, miradas de cerca, eran desalentadoras, sobre todo cuando uno se apartaba de las explicaciones teóricas para enfrentarse a los productos literarios emanados de ellas. La verbosa ilegibilidad o la ortodoxia política inspiraban alternativamente las novelas más celebradas en la cultura de la resistencia. La literatura había de servir para subvertir el lenguaje o para derribar al régimen franquista y a la burguesía, si bien cabía al parecer la posibilidad ya heroica de proceder a ambas subversiones simultáneamente, empeño éste en el que venía logrando un notable éxito Juan Goytisolo.


En aquel medio ambiente tan enrarecido la irrupción de la narrativa latinoamericana fue un gran vendaval que lo sacudió todo, tan radicalmente como la llegada de Rubén Darío había sacudido hasta los cimientos el lúgubre edificio retórico del español al comienzo de siglo. Los herederos del experimentalismo francés habían concluido más bien resignadamente que, no quedando nada por contar, y habiéndose agotado los viejos modelos narrativos, la única salida era suprimir los signos de puntuación, las peripecias y hasta los personajes mismos, y dedicarse al informe monólogo interior o a las descripciones detalladas de persianas o de cajoneras o ángulos de mesas. Los aspirantes a comisarios políticos habían legislado que sólo el realismo documental y la celebración de las luchas obreras justificaban el oficio del escritor, y que cualquier complacencia formal era decadente, y cualquier vuelo de la imaginación, escapista.


Pero novelas como Cien años de soledad o La Casa verde o Rayuela o El siglo de las luces mostraban de pronto que la literatura podía ser formalmente audaz y a la vez gozosamente inteligible, y que el retrato esplendoroso del mundo real y el gusto por las historias no excluían la intención política. El efecto sobre la literatura española fue inmediato, aunque no siempre se haya reconocido en toda su amplitud: en cada una de las mejores novelas de aquellos años - Si te dicen que caí , de Juan Marsé; Cinco horas con Mario , de Miguel Delibes; La verdad sobre el caso Savolta , de Eduardo Mendoza, entre otras- la influencia liberadora de la narrativa lationoamericana es tan visible como la distancia que las separa de la inmediata tradición española, contaminada de un penoso provincianismo franquista.


García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Carpentier, Fuentes ofrecían a la desmedrada clase literaria española no sólo modelos fastuosos de novelas, sino también de comportamiento público: viajaban por el mundo, tenían éxito internacional y fotogenia, ostentaban posiciones diplomáticas, participaban en congresos, se veían envueltos en diatribas transatlánticas. Uno los admiraba con devoción, aprendía de ellos, los envidiaba. Pero también notaba la distancia hacia la figura demasiado pública, hacia un modelo proconsular del escritor que parece hablar siempre a una multitud a través de un megáfono.


De esa distancia quizás me volví más consciente cuando descubrí a Borges y a Bioy, y un poco después a Juan Carlos Onetti. El tono de voz que uno percibía, casi escuchaba en El Aleph o en Cavar un foso o en Otras inquisiciones excluía de inmediato la leñosa retórica española y la retórica tantas veces demasiado torrencial de los latinoamericanos. Frente a las ambiciones desaforadas de totalidad que llegaban a abrumarlo a uno en Terra Nostra , en La consagración de la primavera o en El otoño del patriarca , Borges y Bioy ofrecían la posibilidad admirable del relato muy corto, del tono civilizado y conjetural, como de sugerencia y no de imposición. El experimentalismo vanguardista y el realismo documental habían desdeñado en la misma medida la contención y las virtudes sutiles de la forma: vindicando el cuento policial o fantástico, Borges y Bioy le enseñaban a uno las astucias en apariencia menores de la construcción y el suspenso, de la simetría, del juego. Y también nos enseñaban a liberar la imaginación literaria de coacciones ideológicas y supersticiones de autenticidad, a recobrar el puro deleite inmemorial de escuchar historias y contarlas. En una gran parte de la literatura latinoamericana había perdurado desde los tiempos del indigenismo la propensión a lo vernáculo: una historia de Borges podía suceder lo mismo en Buenos Aires que en Noruega, en la Córdoba de Averroes que en el Laberinto de Creta. Y la isla de La invención de Morel no era menos fantasmal que los suburbios de El sueño de los héroes . No era preciso erigir novelones que fuesen como catedrales, como murales ciclópeos o pirámides: en las pocas páginas de un cuento cabía el universo entero, igual que en la esfera irisada del Aleph.


Otra lección crucial he recordado ahora, deambulando por las mil seiscientas páginas sabrosas de estos diarios de Bioy: en otros autores podía aprenderse la ambición de contarlo todo, el vigor de los grandes frescos narrativos, la clarividencia política, el cosmopolitismo viajero. Pero la lección de la ironía sólo estaba en Borges y en Bioy. Ahora descubro que muchas de las bromas que he encontrado en los libros estuvieron primero en las conversaciones de los dos amigos: el placer de la parodia, la atención casi enternecida al disparate verbal, el recelo del énfasis, la burla de toda pompa, el escrutinio minucioso de la tontería solemne. Me aprendí de memoria de leerlos tantas veces el arranque prodigioso de "El Aleph" y el de El sueño de los héroes , pero también puedo recitar al cabo de tantos años las mejores estrofas de Carlos Argentino Daneri -"sepan, a manderecha del poste rutinario "- y recuerdo palabra por palabra el resumen de una deprimente película social que va a ver un personaje en un cuento de Bioy, y que trata "de gente pobre, de ropa vieja, de máquinas de coser y de un montepío".


En aquellos años de aprendizaje y sobresalto Borges y Bioy me enseñaron no sólo a escribir y a leer, sino también a mirar el mundo. El estilo es el hombre, y es también la mirada. El modelo de Borges y Bioy contenía un valioso antídoto. Educado en la ironía de esa literatura, en el desdén hacia lo consabido y lo aceptable de aquellos dos autores, ¿cómo iba uno a creerse las proclamas virulentas de los iluminados políticos, la vanagloria disfrazada de compromiso de tantos literatos, la incontinencia verbal que pasaba por riqueza inventiva en tantas novelas? En los años setenta, por la influencia doble del experimentalismo literario y del psicoanálisis, se impuso la moda de decirlo y de mostrarlo todo y de cualquier manera. Borges y Bioy, en sus grados diversos de transparencia, enseñaban que podía revelarse lo más íntimo a través del pudor: no conozco poemas de amor mucho más pasionales que los de Borges, ni he leído una escena erótica más poderosa que la que casi no se cuenta entre el viejo y la muchacha en Diario de la guerra del cerdo . Incluso la discordia lo educaba a uno: en una época tan opresivamente ideológica, en una cultura tan canónicamente marxista como la que uno respiraba si pertenecía a la resistencia antifranquista, hacía falta un esfuerzo de civilización, de aprendizaje de la tolerancia, para admirar a un autor que aseguraba que la democracia era "una superstición estadística", o que declarándose anglófilo incurría en la no muy británica predilección por los regímenes militares. Que ese autor, al mismo tiempo, hubiera escrito páginas tan gallardas contra las dictaduras, o se hubiera declarado a favor de la República española y de los aliados, le enseñaba a uno que las posiciones políticas podían ser más complejas y mucho más ambiguas de lo que su rudimentaria intoxicación ideológica le impedía ver con claridad.


Lo que se calla y sólo se sugiere, lo que casi no se dice, dilata todavía más la hondura de este volumen memorable. En él está la persistencia de las cosas, de los hábitos, de las conversaciones que se repiten a lo largo de muchos años y también la conciencia súbita de su fugacidad, el drama secreto de la última vez que se hace algo, de la cita postergada que ya no se cumple, de la llamada de teléfono en la que sin saberlo nos hemos despedido de alguien que va a morir. Edgardo Cozarinzky ha resaltado que el mundo literario y social de estos diarios se ha extinguido: más lejano todavía le parece a quien apenas reconoce unos pocos nombres, aún más irrisorio en la minucia de las intrigas y las murmuraciones literarias, en las vanidades espectrales, en los prestigios olvidados. Ni el escritor más grande está por encima de la mezquindad, y la inteligencia y la cultura no salvan a nadie de los prejuicios más soeces: Borges podía descender en pocos minutos de la generosa pasión literaria a las maniobras ínfimas de un premio o de un nombramiento, y conmoverse con un blues y al mismo tiempo despreciar groseramente a los negros.


Más sutilmente se hacen visibles las diferencias de clase, las miserias íntimas que alientan bajo el caudal de la amistad, agudizadas por la irritación ante esos hábitos cotidianos que pueden volver odiosa por unos instantes a la persona más querida. Bioy anota que Borges come el queso gruyère con las manos y que luego no se las limpia; que se orina, ya casi ciego, en el piso del baño; que se quita la dentadura y la aclara bajo el agua del grifo, y luego no se lava las manos; que se queda dormido con la boca abierta, dejando la dentadura postiza sobre la mesa.


La novela desordenada de la vida acaba desmintiendo siempre los principios estéticos: la historia de los dos amigos, que a lo largo de medio siglo han inventado una poética del ascetismo literario, de la controlada fantasía, de la economía estricta del cuento policial y del poema rimado y medido, se convierte en un libro sin principio ni fin de mil seiscientas páginas, lleno de repeticiones, de meandros, de cabos sueltos, de personajes que se pierden y vuelven o desaparecen sin explicación y para siempre. Esa es una lección que el joven discípulo de Bioy y de Borges iba a tardar muchos más años en aprender, aunque el mismo Bioy se la había anticipado: "Por las digresiones entra la vida en la literatura". La obra maestra de los dos escritores que se aplicaron tan severamente a dictaminar las normas puras del relato de ficción, de la trama, de la sorpresa ha resultado ser este volumen más largo y más detallado en su retrato de la realidad que las novelas del siglo XIX que a los dos les despertaban tanta desgana. En último término, las maquinaciones literarias sobre argumentos y desenlaces no sirven de gran cosa, porque el tiempo, como dice Chaplin, es el mejor autor y siempre encuentra el final adecuado, el único posible. El 12 de mayo de 1986 Bioy habló por teléfono con Borges por última vez, y tardó en darse cuenta de que aquella conversación corta y trivial era una despedida para siempre. Pero trece años antes ya había tenido una intuición de la lejanía definitiva que iba a separarlos, de la inminencia de uno de esos abismos en el tiempo que a veces se abren de pronto delante de nosotros: "Me despido de Borges, que se va hoy, con Mariana Grondona, a España", anota en su diario el 22 de abril de 1973. "Melancolía de esta despedida en el límite entre dos épocas: la futura, desde luego desconocida, pero también adversa. Podríamos decir: Desde aquí entramos en la desgracia". Intuiciones así sólo se las aceptamos a los personajes de las novelas. Treinta años después de mis primeras lecturas fervorosas, aún sigo aprendiendo de Bioy y de Borges.
Para leer más:
Borges, de Adolfo Bioy Casares: dos amigos implacables

domingo, febrero 04, 2007

BOMBO PLATILLO Y LEVITA
Por Mariano Víctor Jara *

El 17 de octubre de 1945, salió el Nariz con su bombo subido al techo del tranvía desde Malabia y Cerviño rumbo a la Plaza de Mayo, a pedir que liberaran al General y al verlo en la plaza, muchos otros fueron a buscar sus bombos, iniciando así la tradición del “bombo peronista”.
Un año antes de ese viaje a la historia el Nariz buceaba en la biblioteca popular de la Boca, no encontraba explicación por qué los anarquistas detestaban el carnaval como una “fiesta burguesa”. Se puso a investigar después de su jornada laboral en la fábrica de plásticos.
El negro Mansilla se burlaba de él:
-Che, Nariz, dejate de joder. Qué se te dio por estudiar… No vas a rendir en el laburo….
Pero no había caso. Algún espíritu maligno lo impulsaba a seguir. Empezó por el significado de los trajes.
- Che, Negro, sabés que acá en la zona del Río de la Plata , la murga porteña que después viene de Rosario, viene más que nada de Uruguay, surge del candombe uruguayo, de los esclavos que eran llevados a Uruguay y ellos a las noches que podían escaparse de sus amos lo hacían con los trajes de los amos puestos al revés, por eso la levita, que es de raso y brilla.
El negro: - Mirá, Nariz, a nosotros no nos garpan y vos con la murga me tenés sabes como… Pero sos mi gomía. Dale… Seguí contando.
-Che, amargo, hay que sumar al pueblo que está triste… Bueh, te sigo contando chambón. ¡Ellos salían a manifestarse con tambores porque no podían comunicarse como nosotros, gil! ¡Ja ja ja! Y ahí fue surgiendo la música y el baile…
-¡Dale, Nariz! Vamos al bar del Gaita que me estoy muriendo hambre.
Nariz: - ¡Eyyy! ¡Qué hacés, Gaita! Vos sabías que ustedes trajeron el bombo con platillos de su patria…
Gaita: - ¡Pues, sí! ¡Pero si tu no me pagas esta semana te voy a dar el platillo en la cabeza hueca!
Ja ja ja ja ja ja! (Risas generalizadas.)
La murga surge de la inmigración del siglo XIX. Uruguay y Argentina coinciden en su política de mano de obra extranjera. En Cadiz eran divertimento de las clases populares. Las letras eran críticas a la burguesía.
“…Cadiz se ha vuelto loco
con los tranvías.
Vaya negocio bonito
Que ha hecho la compañía…”

La historia del país fue resistiendo a bombo y platillo, bombardeos en el 55 por la “Libertadora”. Resistencia peronista. El gordo Cook. La vuelta del General en el 73-74. Los jóvenes revolucionarios haciendo tronar el escarmiento de bombos en la Plaza y el Nariz envuelto con la magia de todo ese ruido atonal que Cortázar aborrecía. Prefería escuchar a Bartok en Francia, hasta que en el 74 el general lo hizo callar.
-A ver si el del bombo se calla.
Como a aquellos jóvenes imberbes se tuvo que ir de la plaza llena. Tiempos oscuros llegaron. Botas prusianas que prohibieron el carnaval. La dictadura militar dejó sin efecto el feriado nacional del Pueblo hasta la actualidad. En la apertura democrática de 1983 hasta el momento nuevas murgas surgieron menos politizadas pero con la estética urgente de los cambios. Lucha de género por la primacía de los hombres en las murgas. Valorización del papel de la mujer. No sólo cosen los trajes sino también son directoras de murgas y primeras voces.
El Nariz murió no hace mucho. Hará unos meses. Estará bailando con los jóvenes peronistas de los 70 o escribiendo en la revista Crisis con Rodolfo Walsh y Paco Urondo sobre su tema preferido: la alegría del Pueblo a pesar de todo.



Gracias por los aportes:
#anais i., integrante de la murga Los Atrevidos por Costumbre de Palermo
#Pupita La Mocuda del Foro Murguero Dalemurga

Imagen tomada del sitio web de Los Pegotes de Florida

lunes, enero 22, 2007

Carnaval *
Por Ariel Prat

Batía el glosista:
“¡Carnaval! Fantochadas y canciones hasta arder la madrugada/ murga mía que me tientas con tu ritmo marginal/ sos el teatro de los pobres/y el deseo de esas pibas que no dejan desfilar…”
De aquellos “cuatro días locos” mentados hasta hoy, en que absurdamente nuestra fiesta pagana sigue sin recuperar su rojo por un rancio decreto militar, no por ello ha perdido su sentido y disfrute, la tradición del “desorden autorizado”- como escribiera Sarmiento, quien como Rosas, disfrutaron sufriendo el rito en todos sus excesos con posteriores consecuencias en reglamentaciones y prohibiciones- se renueva año tras año en nuestro país y en cada región se copan las calles con la ilusión popular, pudiendo decir que en varias regiones más allá del fuerte resurgir murguero en Buenos Aires; el ritmo, el baile y el color se trasladan fuera del límite del calendario y son cientos de miles de jóvenes en su mayoría, que hacen de la expresión carnavalera un instrumento de identidad cultural y social, participando activamente en manifestaciones reivindicativas, actos escolares y barriales con todos los condimentos para verificar el enunciado satírico de que visto lo visto en este país “todo el año es carnaval”.
De pibe esperábamos con ilusión al carnaval, el juego del agua con los vecinos, el corso y las murgas a las que imitábamos en la esquina vestidos de arpillera, saltando en círculos alrededor de una farola bajo el embrujo de las cacerolas devenidas en bombos (aquellos que aportarían al folclore político su empuje y ubicuidad y no al revés). Bombos con chapa y silbato que saludan con secreta conspiración los toques de aquella negritud ocultada pero imitada más tarde por los señoritos blancos desde los primeros corsos en una Argentina que crecía a los tumbos y obstinadamente desde el Río de la Plata; el sincretismo posterior generaría que en cada lugar de cada provincia adoptaría el carnaval sus alternativas y creo que hoy, sin pudores, podemos, debemos mirar y escuchar con más atención a nuestros requiebres corporales y sonidos, sin copiar ni envidiar a ningún buen vecino.
Suelo decir en el caso del murguero argentino, que es el eslabón perdido entre el compadrito y el negro, que en los carnavales basta con ver desfilar a cada agrupación su destreza, una especie de sentimiento común de rabia y orgullo que se baila.
Como parte de este movimiento, creo que más allá de exigir razonablemente que vuelva el feriado de la sinrazón tan querido; por pertenecernos, por la alegría merecida de un pueblo y por la fiesta en sí; es la creatividad y la sensualidad popular la que está en juego y que crece por suerte más allá del mundo que nos quieren convencer para adoptar y reverenciar: ¡Minga!, por eso me despido en la mía, cantando: “…vayan y vengan costumbres/ traigan rave o telgopop / no podrán con nuestra esquina/ ninguna enfermera jaula/ ni un carnaval de Nú York…”
¡Adianchi Momo!

Visitá al autor en: www.arielprat.com.ar
Ariel Prat es músico y cantor, además murguero, radicado en España. Su ultimo disco se llama “Los Transplantados de Madrid”-la murga camina-
Regresa en febrero para actuar en el Festival Internacional de Tango el 28 de febrero en el Teatro de la Ribera y entre otras actuaciones un ciclo en el Torquato Tasso. Además de presentarse habitualmente en Europa, suele ofrecer charlas y “stages” sobre la murga Argentina con demostraciones de baile incluidas)

*Versión completa de la nota publicada en forma parcial en el Diario Clarín del día domingo 22 de enero de 2007.

domingo, enero 14, 2007



A fines de los años sesenta, Pedro Orgambide escribe "La Murga", cuento que de entrada se asemeja a la crónica de una jornada de carnaval para luego trocar en alegoría sobre la historia argentina desde la conquista hasta las bombas y las ametralladoras más contemporáneas. Orgambide amalgama y condensa en ese malón murguístico que se desplaza o, mejor dicho, no se desplaza sino que muta desde lo primigenio perdurable e invariante, distintos episodios de la vida en estas latitudes sudamericanas, evocando luchas, pulsiones e identidades mezclando niveles temporales y simbólicos. ¿Qué es lo que tan magistralmente capta Orgambide desde su escritura? La forma peculiar en que se presentan las prácticas y las representaciones de lo multitudinario en la orilla izquierda del Río de la Plata.


La Murga

Por Pedro Orgambide *


El estandarte bamboleaba, rítmicamente, su calavera. Al compás del bombo, Los Indios avanzaban hacia la ciudad en rápidas, elásticas contorsiones, mientras el director, con su lanza -un palo de escoba con asta de lata -señalaba, a lo lejos, el esplendor de la fiesta. Su mujer, con un chico en los brazos y una pulsera de hueso en el tobillo izquierdo, se balanceaba, obscena, ante la mirada divertida de los parroquianos de un bar que, a su paso, le tiraron maníes y le gritaron mona. Eso fue el comienzo de las incidencias (o el pretexto, quizá) del malentendido. Los Indios, humillados por la insolencia de los gringos -casi todos eran gallegos y portugueses afincados a un costado del Riachuelo- entraron en el bar Buenos Aires a pedir explicaciones. Pudo ser el aspecto feroz de los visitantes o (es probable) la falta de un lenguaje común, lo que tornó confusas las acciones, como dijo después un comentarista de fútbol. Lo cierto es que el patrón del establecimiento, un tal Garay, ordenó a sus mozos atrincherarse detrás del mostrador. Entre tanto Los Indios se ubicaron en las mesas, golpeando con sus manos, platos y sonajas, pidiendo vino a gritos, exigiendo justicia. Garay llamó a uno de sus mozos y le ordenó que se comunicara con la Comandancia, pero cuando fue hacia el teléfono, un botellazo lo disuadió. Los españoles, al ver caer a su víctima, respondieron al ataque y alguien nombró a Castilla en medio del tumulto.

Impasible, Gardel sonreía desde el almanaque. Quiso la mala suerte que alguien actuara de mediador invocando al dios de los cristianos. Un flaco vendedor de Biblias conocido en el barrio por sus delirios místicos y su tendencia a la misericordia, oraba entre los sitiados y los invasores, reiteraba la frase del Mesías, aquello del amaos los unos a los otros. Silbó en el aire una boleadora pampa y el místico cayó con el cráneo partido. "Bestias sin odios", gimió Garay detrás del mostrador. Su lugarteniente, su socio, su primo, fue hasta la caja registradora para evitar el robo. Otro, con el extinguidor de incendios en la mano, se abalanzó, decidido, hacia las llamas.

Borrachos, cansados, victoriosos, Los Indios continuaron su marcha. El incendio ya era memoria y, cuando subieron la loma del Parque Lezama, algunos se tumbaron panza arriba, los ojos fijos en la Cruz del Sur. La frescura de la noche, el olor tibio de las plantas, la cercanía del río, todo hizo posible el acoplamiento de los cuerpos. Nadie reparó en esa mujer blanca (que habían arrastrado de los cabellos al salir del almacén) que ahora se tiznaba y ahumaba su cuerpo en un voluntario acatamiento de la ley de la tribu. Tampoco ella recordaba otra cosa que no fueran esas manos oscuras y esos dientes muy blancos del hombre que la tomó en la loma. Siguieron, pues, la marcha, aliviados de penas y remordimientos. La mujer del director (algunos la llamaban Madre) repartía matracas y cornetas entre los chicos; atrás iban los viejos, la chusma que imitaba, sin fuerzas, la danza de los jóvenes. A los saltos. Como quien doma un potro, los guerreros bailaban al compás del bombo. Entraron en San Telmo.

Los recibió un baldazo de agua, un improperio, varias pedradas, un viejo con peluca que, disculpándose, les dijo que los habían confundido con una comparsa, la de Los Ingleses que venían metiendo bochinche desde el río.

"Con ustedes no es la cosa -dijo -somos todos hermanos": Hablaba bien el viejo, tanto que ellos sintieron una especie de dicha, algo parecido al respeto por sus pilchas mugrientas. Contentos, locos de gusto esperaron la entrada de la comparsa enemiga, lujosa de banderas, de uniformes colorados, charreteras y fanfarria. Los que vieron aquello dicen que las mujeres y los chicos tiraban agua desde las azoteas. Los exagerados, los fanáticos, aseguran que vieron caer aceite hirviendo. De todos modos, se peleó lindo en San Telmo, durante horas y horas; la comparsa de un lado, la murga del otro. Esos eran Carnavales, no los de ahora. El director (lo llamaban Jefe) llevó a los suyos más allá de Palermo. Y allí siguió la fiesta, pero ahora con cantos, vino, mujeres, carne, todo a lo grande, a lo criollo. Se bailó mucho, entre asadores humeantes, mientras los chicos jugaban a la pelota con las vejigas hinchadas de aire que traían de los mataderos. Algún cajetilla (nunca faltan críticos cuando un pobre se divierte) frunció el ceño ante el espectáculo. "Paciencia -dijo el Jefe- él se la buscó". En broma, como quien no quiere la cosa, le bajaron los pantalones y le escupieron allá donde usted sabe, y lo patearon un buen rato y los dejaron tumbado en una zanja, por marica y por jetón. El baile siguió y, según dicen, los tambores se oyeron en toda la ciudad.

Ellos querían llegar a la Avenida de Mayo, pero tuvieron que demorarse en Flores, en corsos vecinales, en competencias sin importancia. Así vieron pasar las carrozas virreinales, los cabriolés, los landós, los humildes coches de plaza, las ruedas trabadas de serpentinas. Por juego o por ofensa, alguien los provocaba tirándoles papel picado cuando abrían la boca, restregándoles un plumero por la cara. Las murgas iban perdiendo prestigio y las comparsas ganaban el favor de la gente decente. De todos modos, ellos le daban al bombo y seguían bailando.

Unas monedas tiradas con desgano fue la paga que recibieron por su danza, a la que tuvieron que acompañar -para darle el gusto a los clientes- con versos zafados y gestos procaces.Sin embargo, el estandarte de la calavera continuaba inspirando miedo a los mirones; un miedo inconfesado en tanta mascarita feliz, llena de tules, perfumada con éter del pomo. Miedo sí, aunque todos se rieran de Los Indios, que seguían domando, en la calle, un potro invisible. Entre tanto Garay, sobreviviente del incendio del Riachuelo, informaba a la policía sobre aquel desdichado suceso, y una patrulla se lanzaba sobre el Parque Lezama con bombas lacrimógenas, palos y perros. Fue una búsqueda infructuosa, una operación inútil.No obstante, los perros olfatearon el rastro que los llevaba hasta San Telmo. Allí, el subcomisario hizo una inspección ocular y tomó declaración a un anciano que conversó una descripción prolija del encuentro con Los Ingleses. En la comisaría, entre unas prostitutas borrachas y un formal reducidor de oro, el viejo contó otra vez la hazaña de la murga. Un oficial joven advirtió ciertas contradicciones, ciertos anacronismos en la declaración del viejo. Quedó incomunicado, mientras gritaba su verdad y pedía una manta para cubrir su cuerpo. Sin domicilio ni oficio conocido (mas tarde se supo que había escapado del manicomio de Vieytes) el viejo juraba por Dios que no mentía, que tenía doscientos años, que todo lo había visto con sus propios ojos. A la mañana murió, de frío seguramente.

Poco más tarde, se presentó en la comisaría un inglés alto y bien vestido, representante de la comparsa. Pidió garantía para su gente y dijo algo acerca de daños y perjuicios y mencionó a la Reina. El sargento dedujo que se trataba de la Reina del Carnaval y comentó a un subordinado: "el gringo está en pedo". Sin embargo, acompañó al representante hasta la puerta, y cuando el otro traspuso el umbral, le hizo la venia", ... por los que putas pudiera...", meditó. Esa noche, la murga avanzó, cautelosa, hacia el centro. Pero el Jefe advirtió un sospechoso
movimiento de carros de asalto (disimulados con serpentinas, guirnaldas y máscaras) y prefirió explorar un terreno conocido, menos hostil. Ordenó entonces dirigirse al Parque Retiro, por las calles del bajo, y evitar, lo posible, todo contacto con las suntuosas comparsas de la Plaza San Martín. Por su parte, La Madre repartía golosinas a los chicos de la villas de emergencia, que se sumaron, gozosos, a la murga. Los Indios entraron al parque haciendo sonar sus latas y sus palos, enarbolando su estandarte sobre los conscriptos, las sirvientas en su día franco, los provincianos que bajaron de los hoteles de Alem, algunos en camiseta, con la toalla sobre el hombro, a medio afeitar, otros vestidos de azul, como para casarse, con el pañuelo volcado sobre el bolsillo superior del saco; todos los amigos, siguiendo las cabriolas de la murga. Ahí nacieron los cantos que mas tarde escucharía la ciudad, la jubilosa marcha que coreaban los viejos y los chicos con idéntica unción. Todos subieron a la Montaña Rusa, en carros que chirriaban cargados de gente y júbilos y gritos de insolencia. En lo alto, el Jefe enarboló su lanza, señaló la ciudad, todavía extranjera para él, vio, adivinó el futuro de esas calles que había recorrido con la murga.

Los perros le seguían el rastro. Ladraron, en Palermo, a las sombras de sus hombre, mordisquearon los restos del festín. Los oficiales, acompañados de algunos civiles -Garay, el inglés y otros damnificados- revolvían en la basura. Uno encontró la pulsera de hueso de La Madre, el gallego una peineta que había pertenecido a su mujer y que él besó, llorando, entre tanta inmundicia. Alguien afirmó que habían tirado a un hombre en una zanja, otro dijo que rompieron faroles y que orinaron en un monumento público, una mujer cuchicheó en la oreja del más joven de los policías y éste anotó "acciones incalificables, malos tratos", mientras se ruborizaba. La noche, más allá de Plaza Italia (entre la estatua de Garibaldi y el puente de fierro de Pacífico) olía a cerveza, a mujer, a chamamé, a mueblada, a sudor, a manoseados billetes, a pizza, a mingitorio, un perfume procaz que el olfato de los perros aspiraba en busca del rastro de Los Indios.

Ladrando, babeando de sed, los perros se internaron en el bosque. Atrás, las linternas de los policías, como luciérnagas, parpadeaban entre los árboles. Garay, armado de una espada (quizá fuera un cuchillo de almacén, era difícil distinguir en la oscuridad) clamaba contra las bestias sin Dios. El inglés excitado y probablemente borracho, injuriaba en su idioma a los hijos del país, a los salvajes que lo habían humillado. Con sus binoculares sobre el pecho, juró reconquistar la ciudad, doblegar el orgullo de los nativos. La luna, roja como una sangrienta premonición, apareció arriba del puente con el silbato de una locomotora.

La Madre, con los brazos en alto, la luna en el medio, pontificaba sobre una mesa de fierro, rodeada de su gente, de viejitas que le besaban las manos y le pedían cosas, milagros casi, que ella repartía generosamente. (Pero quizás esa es la imagen de otra noche, no de aquella en el Parque Retiro.)Los Indios, con la boca llena de pochoclo y manzanas asadas, subieron a los juegos. Querían llevarse los autitos. El Jefe desde el Látigo, les ordenó prudencia. La mujeres, con los vestidos levantados hasta la cintura, daban vueltas allá arriba, en los aviones. Entró la murga en el salón de los espejos y los gordos se vieron flacos y los pobres se despertaron ricos, y de esa confusión, de esa ilusoria beatitud, el Jefe sacó una esperanza, proyectó su fe, la contagió a los suyos. La murga se adueñó entonces de los rifles de los quioscos; los Tiro al Blanco quedaran despoblados, empobrecidos en la mitad de la fiesta. Se formaron grupos de defensa, se temió por la propiedad privada, por los excesos de esa turba que bailaba bajo la calavera y que ahora, ebria de confianza, se lanzaba al asalto de la ciudad.

"Hay que levantar los puentes", ordenó el comisario. Garay, como de piedra, frente a la Casa Rosada, señaló con el cuchillo aquello que, al principio, pareció un sueño. Los Indios refrescaban sus pies en las fuentes de la Plaza, pedían a su Jefe que, en el tumulto, había desaparecido y, según decían, estaba prisionero. Con horror. Garay recordó a Gardel, sonriente y compadrito, en el almanaque. Ahora estaba allí, en el balcón de la Casa, con los brazos en alto. De vergüenza, de miedo, cerró los ojos. Vio (dos veces vio su muerte) cómo incendiaban el boliche y salían con las antorchas, ofendiendo a su Dios. El vendedor de Biblias, arrodillado frente a la Catedral (o quizá todavía estaba allí, en el almacén, rezando entre los botellazos) se desplomó de una pedrada. Alguien dijo que estaban quemando la bandera.

Como en toda historia, como en toda la vida, los datos son imprecisos. Según dicen, La Madre murió misteriosamente al ver amenazada la suerte de sus hijos. Estos levantaron altares en las plazas, rezaron durante horas, velaron su cadáver bajo la lluvia que apagaba los últimos fuegos de esa noche. Según otros, tal devoción fue una herejía, un acto de barbarie. Dicen que al terminar el Carnaval quemaban muñecos de paja vestidos de cura. Pero bien puede ser esta una calumnia del la señorita del corso de San José de Flores, un infundio de las máscaras de la Plaza San Martín que bajaron hasta el Parque Retiro montadas en los carros de asalto de la policía. Es difícil saber a qué hora llegaron los perros allí, en qué preciso instante la pesadilla se transformó en historia. Se asegura que alguien robó el cuerpo embalsamado de La Madre y lo arrojó al río; otros lo niegan o callan por ese pudor que despiertan los muertos. Lo cierto es que cuando comenzaron los disparos, cuando se oyó el crepitar de las ametralladoras y el estallido de las bombas, la murga bailó con más fuerza que nunca, con una energía multiplicada por la sangre y el pánico; bailó, mientras caían, uno a uno, sus hombres, felices y fanáticos bajo el estandarte de la calavera. Al compás del bombo, Los Indios danzaban con rápidas y elásticas contorsiones, mientras el Jefe con su lanza -un palo de escoba con asta de lata- señalaba, a lo lejos, el resplandor de la fiesta.


*Publicado en Antología Carnaval, Carnaval, Buenos Aires, Ed. Hernández, 1968
Imagen: Carnaval de Enrique Larrañaga

jueves, enero 11, 2007




Cadáver. Desaparecida. Si viviera. Mitificada. Reescrita. Llorada. Maldita. Apropiada. Resignificada. Canibalizada. Fetichizada. Robada. Cuerpo. Eva. Ultrajada. Odiada. Embalsamada. Sepultada. Evita. Martirizada. Mujer. Idolatrada. Blasfemia. Vive.



EL CADAVER

Néstor Perlongher

¿Por qué no entré por el pasillo?
Qué tenía que hacer en esa nochea las 20.25,
hora en que ella entró,
por Casanova
donde rueda el rodete?
Por qué a él?
entre casillas de ojos viscosos,
de piel fina
y esas manchitas en la cara
que aparecieron cuando ella, eh
por un alfiler que dejó su peluquera,
empezó a pudrirse, eh por una hebilla de su pelo
en la memoria de su pueblo
Y si ella
se empezara a desvanecer, digamos
a deshacerse
qué diré del pasillo, entonces?
Por qué no?entre cervatillos de ojos pringosos,
y anhelantes
agazapados en las chapas, torvos
dulces en su melosidad de peronistas
si ese tubo?Y qué de su cureña y dos millones
de personas detrás
con paso lento
cuando las 20.25 se paraban las radios
yo negándome a entrar
por el pasillo
reticente acaso?
como digna?
Por él,
por sus agitados ademanes
de miseria
entre su cuerpo y el cuerpo yacente
de Eva, hurtado luego,
depositado en Punta del Este
o en Italia o en el seno del río
Y la historia de los veinticinco cajones

Vamos, no juegues con ella, con su muerte
déjame pasar, anda, no ves que ya está muerta!

Y qué había en el fondo de esos pasillos
sino su olor a orquídeas descompuestas,
a mortajas,
arañazos del embalsamador en los tejidos
Y si no nos tomáramos tan a pecho su muerte, digo?
si no nos riéramos entre las colas
de los pasillos y las bolas
las olas donde nosotras
no quisimos entraren esa noche de veinte horas
en la inmortalidad
donde ella entraba
por ese pasillo con olor a flores viejas
y perfumes chillones
esa deseada sordidez
nosotras
siguiéndola detrás de la cureña?
entre la multitud
que emergía desde las bocas de los pasillos
dando voces de pánico
Y yo
le pregunté si eso era una manifestación o un entierro
Un entierro, me dijo
entonces vendría solo
ya que yo no quería entrar por el pasillo
para ver a sus patas en la mesa de luz,
despabilando
Acaso pensé en la manicura que le aplicó el esmalte Revlon?
O en las miradas de las muchachas comunistas,
húmedas sí, pero ya hartas
de tanta pérdida de tiempo:
ellas hubieran entrado por el pasillo de inmediato
y no se hubieran quedado vagando por las adyacencias
temiendo la mirada de un dios ciego
Una actriz –así dicen–que se fue de Los Toldos con un cantor de tangos
conoce en un temblor al General, y lo seduce
ella con sus maneras de princesa ordinaria
por un largo pasillo
muerta ya
Y yo
por temor a un olvido
intrascendente, a un hurto
debo negarme a seguir su cureña por las plazas?
a empalagarme con la transparencia de su cuerpo?
a entrar, vamos por ese pasillo donde muere
en su féretro?

Si él no me hubiera dicho entonces que está solo,
que un amigo mayor le plancha las camisas
y que precisaría, vamos, una ayuda
allá, en Isidro
donde los terrenos son más baratos que la vida

lotes precarios, si, anegadizos
cerca de San Vicente (ella
no toleraba viajar a San Vicente
quiso escapar de la comitiva más de una vez
y Pocho la retuvo tomándola del brazo)

Ese deseo de no morir?
es cierto?
en lugar de quedarse ahí
en ese pasillo
entre sus fauces amarillas y halitosas
en su dolor de despertar
ahí, donde reposa,
robada luego,oculta en un arcón marino,
en los galeones de la bahía de Tortuga
(hundidos)

Como en un juego, ya
es que no quiero entrar a esa sombría
convalecencia, umbría
–en los tobillos carbonizados
que guarda su hermana en una marmita de cristal–
para no perder la honra, ahí
en ese pasillo
la dudosa bondad
en ese entierro




Esa Mujer
Rodolfo Walsh

El coronel elogia mi puntualidad:-Es puntual como los alemanes -dice.
-O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
-He leído sus cosas -propone-. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río.
Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma
concebible de amor lo que nos ha reunido.
El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.
Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El coronel sabe dónde está.
Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
Él bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
-Esos papeles -dice.
Lo miro.
-Esa mujer, coronel.
Sonríe.
-Todo se encadena -filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está
rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
-La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos
roñosos.
-¿Mucho daño? -pregunto. Me importa un carajo.
-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años -dice.
El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.
Entra su mujer, con dos pocillos de café.
-Contale vos, Negra.
Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda
flotando como una nubecita.
-La pobre quedó muy afectada -explica el coronel-. Pero a usted no le importa esto.
-¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.
El coronel se ríe.
-La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
-Cuénteme cualquier chiste -dice.
Pienso. No se me ocurre.
-Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de
Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
-¿Y esto?
-La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.
El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
-¿Qué más? -dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
-Le pegó un tiro una madrugada.
-La confundió con un ladrón -sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.
-Pero el capitán N...
-Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
-¿Y usted, coronel?
-Lo mío es distinto -dice-. Me la tienen jurada.
Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.
-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
-Me gustaría.
-Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
-Ojalá dependa de mí, coronel.
-Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
-Mire.
A la pastora le falta un bracito.
-Derby -dice-. Doscientos años.
La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en
la cara nocturna, dolorida.
-¿Por qué creen que usted tiene la culpa?
-Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es
cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
-¿Qué querían hacer?
-Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en
ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
-Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
-Y orinarle encima.
-Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo
levantando el vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
-Esa mujer -le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El coronel bebe. Es duro.
-Desnuda -dice-. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso...
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
-Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.
-...se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos-, que lo tiré contra la pared.
Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
-No.
-Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.
Vuelve a servirse un whisky.
-Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
-Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces "Eso le demuestra", como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.
-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
-¿Pobre gente?
-Sí, pobre gente -el coronel lucha contra una escurridiza cólera interior-. Yo también soy argentino.
-Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.
-Ah, bueno -dice.
-¿La vieron así?
-Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo...
La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova
encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.
-Para mí no es nada -dice el coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dese cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da... Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
-A mí no me podía sorprender. Pero ellos...
-¿Se impresionaron?
-Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: "Maricón, ¿esto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo." Después me agradeció.
Miró la calle. "Coca" dice el letrero, plata sobre rojo. "Cola" dice el letrero, plata sobre rojo. La
pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el
mundo. "Beba".
-Beba -dice el coronel.
Bebo.
-¿Me escucha?
-Lo escucho.
Le cortamos un dedo.
-¿Era necesario?
El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la
alza.
-Tantito así. Para identificarla.
-¿No sabían quién era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. "Beba".
-Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
-Comprendo.
-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
-¿Y?
-Era ella. Esa mujer era ella.
-¿Muy cambiada?
-No, no, usted no me entiende. Igualita. Parecía que iba a hablar, que iba a... Lo del dedo es para
que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
-¿El profesor R.?
-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.
-¿Enciendo?
-No.
-Teléfono.
-Deciles que no estoy.
Desaparece.
-Es para putearme -explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
-Ganas de joder -digo alegremente.
-Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
-¿Qué le dicen?
-Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
-Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
-La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola,
protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.
Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal
vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.
-Llueve -dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
-Llueve día por medio -dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.
Dónde, pienso, dónde.
-¡Está parada! -grita el coronel-. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.
-No me haga caso -dice, se sienta-. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria.
Me paro, le toco el hombro.
-¿Eh? -dice- ¿Eh? -dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
-¿La sacaron del país?
-Sí.
-¿La sacó usted?
-Sí.
-¿Cuántas personas saben?
-DOS.
-¿El Viejo sabe?
Se ríe.
-Cree que sabe.
-¿Dónde?
No contesta.
-Hay que escribirlo, publicarlo.
-Sí. Algún día.
Parece cansado, remoto.
-¡Ahora! -me exaspero-. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
-Cuando llegue el momento... usted será el primero...
-No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.
Se ríe.
-¿Dónde, coronel, dónde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.
-Es mía -dice simplemente-. Esa mujer es mía.




EL SIMULACRO
Jorge Luis Borges


En uno de los días de julio de 1952, el enlutado apareció en aquel pueblito del Chaco. Era
alto, flaco, aindiado, con una cara inexpresiva de opa o de máscara; la gente lo trataba con
deferencia, no por él sino por el que representaba o ya era. Eligió un rancho cerca del río; con la
ayuda de unas vecinas, armó una tabla sobre dos caballetes y encima una caja de cartón con una muñeca de pelo rubio. Además, encendieron cuatro velas en candeleros altos y pusieron flores alrededor. La gente no tardó en acudir. Viejas desesperadas, chicos atónitos, peones que se quitaban con respeto el casco de corcho, desfilaban ante la caja y repetían: Mi sentido pésame, General. Este, muy compungido, los recibía junto a la cabecera, las manos cruzadas sobre el vientre, como mujer encinta. Alargaba la derecha para estrechar la mano que le tendían y contestaba con entereza y resignación: Era el destino. Se ha hecho todo lo humanamente posible. Una alcancía de lata recibía la cuota de dos pesos y a muchos no les bastó venir una sola vez.

¿Qué suerte de hombre (me pregunto) ideó y ejecutó esa fúnebre farsa? ¿Un fanático, un triste, un alucinado o un impostor y un cínico? ¿Creía ser Perón al representar su doliente papel de viudo macabro? La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez sino muchas, con distintos actores y con diferencias locales. En ella está la cifra perfecta de una época irreal y es como el reflejo de un sueño o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología.




EVITA VIVE

Néstor Perlongher


1.
Conocí a Evita en un hotel del bajo, ¡hace ya tantos años! Yo vivía, bueno, vivía, estaba con un marinero negro que me había levantado yirando por el puerto. Esa noche, recuerdo, era verano, febrero quizás, hacía mucho calor. Yo trabajaba en un bar nocturno, atendiendo la caja hasta las tres de la mañana. Pero esa noche justo me peleé, con la Lelé, ay la Lelé, una marica envidiosa que me quería sacar todos los tipos. Estábamos agarrándonos de las mechas detrás del mostrador y justo apareció el patrón: "Tres días de suspensión, por bochinchera". Qué me importaba, rapidito me volví para la pieza, abro... y me la encuentro a ella, con el negro. Claro, en el primer momento me indigné, además ya venía engranada de pelearme con la otra y casi me le tiro encima sin mirarla siquiera, pero el negro –dulcísimo– me dirigió una mirada toda sensual y me dijo algo así como: "Veníte que para vos también alcanza". Bueno, en realidad, no mentía, con el negro era yo la que abandonaba por cansancio, pero en el primer momento, qué sé yo, los celos, el hogar, la cosa que le dije: "Bueno, está bien, pero ésta ¿quién es?". El negro se mordió un labio porque vio que yo había entrado en la sofocación, y a mí, en esa época, cuando me venía una rabieta era terrible –ahora no tanto, estoy, no sé, más armoniosa–. Pero en ese tiempo era lo que podía decirse una marica mala, de temer. Ella me contestó, mirándome a los ojos (hasta ese momento tenía la cabeza metida entre las piernas del morocho y, claro, estaba en la penumbra, muy bien no la había visto): "¿Cómo? ¿No me conocés? Soy Evita". "¿Evita?"–dije, yo no lo podía creer– . "¿Evita, vos?" –y le prendí la lámpara en la cara. Y era ella nomás, inconfundible con esa piel brillosa, brillosa, y las manchitas del cáncer por abajo, que –la verdad– no le quedaban nada mal. Yo me quedé como muda, pero claro, no era cosa de aparecer como una bruta que se desconcierta ante cualquier visita inesperada. "Evita, querida" –ay, pensaba yo–"¿no querés un poco de cointreau?" (porque yo sabía que a ella le encantaban las bebidas finas). "No te molestes, querida, ahora tenemos otras cosas que hacer, ¿no te parece?" "Ay, pero esperá", le dije yo, "contame de dónde se conocen, por lo menos". "De hace mucho, preciosa, de hace mucho, casi como del África" (después Jimmy me contó que se habían conocido hacía una hora, pero son matices que no hacen a la personalidad de ella. ¡Era tan hermosa!) "¿Querés que te cuente cómo fue?" Yo ansiosa, total igual tenía el encame asegurado: "Sí, sí, ay Evita, ¿no querés un cigarrillo?", pero me quedé con las ganas para siempre de enterarme de esa mentira (o me habrá mentido el negro, nunca lo supe) porque Jimmy se pudrió de tanta charla y dijo: "Bueno, basta", le agarró la cabeza –ese rodete todo deshecho que tenía– y se la puso entre las piernas. La verdad es que no sé si me acuerdo más de ella o de él, bueno, yo soy tan puta, pero de él no voy a hablar hoy, lo único que el negro ese día estaba tan gozoso que me hizo gritar como una puerca, me llenó de chupones, en fin. Después al otro día ella se quedó a desayunar y mientras Jimmy salió a comprar facturas, ella me dijo que era muy feliz, y si no quería acompañarla al Cielo, que estaba lleno de negros y rubios y muchachos así. Yo mucho no se lo creí, porque si fuera cierto, para qué iba a venir a buscarlos nada menos que a la calle Reconquista, no les parece... pero no le dije nada, para qué; le dije que no, que por el momento estaba bien, así, con Jimmy (hoy hubiera dicho "agotar la experienc ia", pero en esa época no se usaba), y que, cualquier cosa, me llamara por teléfono, porque con los marineros, viste, nunca se sabe. Con los generales tampoco, me acuerdo que dijo ella, y estaba un poco triste. Después tomamos la leche y se fue. De recuerdo me dejó un pañuelito, que guardé algunos años: estaba bordado en hilo de oro, pero después alguien, no supe nunca quién, se lo llevó (han pasado tantos, tantos). El pañuelito decía Evita y tenía dibujado un barco. ¿El recuerdo más vivo? Bueno, ella, tenía las uñas largas muy pintadas de verde –que en ese tiempo era un color muy raro para uñas– y se las cortó, se las cortó para que el pedazo inmenso que tenía el marinero me entrara más y más, y ella entretanto le mordía las tetillas y gozaba, así de esa manera era como más gozaba.
2.
Estábamos en la casa donde nos juntábamos para quemar, y el tipo que traía la droga ese día se apareció con una mujer de unos 38 años, rubia, un poco con aires de estar muy reventada, recargada de maquillaje, con rodete... Yo le veía cara conocida y supongo que los otros también, pero era un poco bobo, andaba con Jaime que se estaba picando con Instilasa y yo le tenía la goma, se lo comenté en voz baja y él me dijo algo así como: "cortála loco sabés que sí". Con los ojos en blanco, parecía hacerlo de modo impersonal. Nos sentamos todos en el piso y ella empezó a sacar joints y joints, el flaco de la droga le metía la mano por las tetas y ella se retorcía como una víbora. Después quiso que la picaran en el cuello, los dos se revolcaban por el piso y los demás mirábamos. Jaime apenas me daba un beso largo, muy suave, para eso sí que era genial, porque dos pendejos repálidos se rayaron totalmente entre lo gay y la vieja y se fueron. Pero estaban los blues en la puerta y a los cinco minutos se aparecieron todos con el subcomisario inclusive, chau loco, acá perdimos, menos mal que no había ningún menor porque Jaime había cumplido los 18 la semana pasada, pero igual loco, le habíamos pedido el rouge a Evita y estábamos casi todos pintados como puertas tipo Alice Cooper. Los azules entraron muy decididos, el comi adelante y los agentes atrás, el flaco que andaba con un bolsón lleno de pot le dijo: "Un momento, sargento" pero el cana le dio un empujón brutal, entonces ella, que era la única mujer, se acomodó el bretel de la solera y se alzó: "Pero pedazo de animal, ¿cómo vas a llevar presa a Evita?" El ofiche pálido, los dos agentes sacaron las pistolas, pero el comi les hizo un gesto que se volvieran a la puerta y se quedaran en el molde. "No, que oigan, que oigan todos –dijo la yegua– , ahora me querés meter en cana cuando hace 22 años, sí, o 23, yo misma te llevé la bicicleta a tu casa para el pibe, y vos eras un pobre conscripto de la cana, pelotudo, y si no me querés creer, si te querés hacer el que no te acordás, yo sé lo que son las pruebas". (Chau, fue un delirio increíble, le rasgó la camisa al cana a la altura del hombro y le descubrió una verruga roja gorda como una frutilla y se la empezó a chupar, el taquero se revolvía como una puta, y los otros dos que estaban en la puerta fichando primero se cagaban de risa, pero después se empezaron a llenar de pavor porque se dieron cuenta de que sí, que la mina era Evita). Yo aproveché para chuparle la pija a Jaime delante de los canas que no sabían qué hacer, ni dónde meterse: de pronto el flaco del trafic entró en el circo y se puso a gritar: "Compañeros, compañeros, quieren llevar presa a Evita" por el pasillo. La gente de las otras piezas empezó a asomarse para verla, y una vieja salió gritando: "Evita, Evita vino desde el cielo". La cosa es que los canas se las tomaron, largaron a los dos pendejos que encima se hacían muy los chetos, y ella se fue caminando muy tranquila con el flaco, diciéndole a la gente que estaba en el patio primero y después en la puerta: "Grasitas, grasitas míos, Evita lo vigila todo, Evita va a volver por este barrio y por todos los barrios para que no les hagan nada a sus descamisados". Chau loco, hasta los viejos lloraban, algunos se le querían acercar, pero ella les decía: "Ahora debo irme, debo volver al cielo" decía Evita. Nosotros nos quedamos quemando un poco más y ya nos íbamos, entonces algunas tipas nos hicieron pasar a las habitaciones para que les contáramos –las mismas que hasta hacía una hora nos habían hecho una guerra que no podía ser–. Jaime y yo les hicimos toda una historieta: ella decía que había que drogarse porque se era muy infeliz, y chau, loco, si te quedabas down era imbancable. Claro, la gente no nos entendía, pero como no estábamos haciendo laburo de base sino sólo public relations para tener un lugar no pálido donde tripear, no nos importaba. Estábamos relocos y las viejas déle coparse con el llanto, nosotros les pedimos que ese bajón de anfeta lo cortaran, sí, total, Evita iba a volver: había ido a hacer un rescate y ya venía, ella quería repartirle un lote de marihuana a cada pobre para que todos los humildes andaran superbien, y nadie se comiera una pálida más, loco, ni un bife.
3.
Si te digo dónde la vi la primera vez, te mentiría. No me debe haber causado ninguna impresión especial, la flaca era una flaca entre las tantas que iban al depto de Viamonte, todas amigas de un marica joven que las tenía ahí, medio en bolas, para que a los guachos se nos parara pronto. La cosa es que todos –y todas– sabían dónde podían encontrarnos, en el snack de Independencia y Entre Ríos. Allí el putito Alex nos mandaba, cada vez que podía, viejos y viejas, que nos adornaban con un par de palos, así después a él le hacíamos gratis el favor y no le andábamos afanando el grabador o las pilchas. De ésa me acuerdo por cómo se acercó, en un Carabela negro manejado por un mariconcito rubio, que yo ya me lo había garchado una vez en el Rosemarie. Con las pibas estábamos haciendo pinta junto al puesto de flores, así que me llamó aparte y me dijo: "Tengo una mina para vos, está en el coche." La cosa era conmigo, nomás. Subí.

"Me llamo Evita, ¿y vos?" "Chiche", le contesté. "Seguro que no sos un travesti, preciosura. A ver, ¿Evita qué?". "Eva Duarte", me dijo "y por favor, no seas insolente o te bajás". "¿Bajarme?, ¿bajárseme a mí?", le susurré en la oreja mientras me acariciaba el bulto. "Dejáme tocarte la conchita, a ver si es cierto". ¡Hubieras visto cómo se excitaba cuando le metí el dedo bajo la trusa!

Así que fuimos al hotel de ella; el putito quiso ver mientras me duchaba y ella se tiraba en la cama. También, con el pedazo que tengo, hacen cola para mirarlo nomás. Ella era una puta ladina, la chupaba como los dioses. Con tres polvachos la dejé hecha y guardé el cuarto para el marica, que, la verdad, se lo merecía. La mina era una mujer, mujer. Tenía una voz cascada, sensual, como de locutora. Me pidió que volviera, si precisaba algo. Le contesté no, gracias. En la pieza había como un olor a muerta que no me gustó nada. Cuando se descuidó abrí un estuche y le afané un collar. Para mí que el puto Francis se dio cuenta, pero no dijo nada. Cuando me lo terminé de garchar me dijo, con la boca chorreando leche: "Todos los machos del país te envidiarían, chiquito; te acabás de coger a Eva". Ni dos días habían pasado cuando llego a casa y me encuentro a la vieja llorando en la cocina, rodeada por dos canas de civil. "Desgraciado –me gritó–. ¿Cómo pudiste robar el collar de Evita?"

La joya estaba sobre la mesa. No la había podido reducir porque, según el Sosa, era demasiado valiosa para comprarla él y no me quería estafar. Los de Coordina no me preguntaron nada: me dieron una paliza brutal y me advirtieron que si contaba algo de lo del collar me reventaban. De esa esquina y del depto de los trolos los vagos nos borramos. Por eso los nombres que doy acá son todos falsos.